Trastorno de los sonidos del habla (antes «dislalia»): qué es y cuándo mirar el oído

Cuando un niño no dice bien un sonido, todo el mundo le mira la boca. Yo perdí la audición de adulto y vi cómo se me desordenaba el habla por detrás: no se corrige lo que no se oye. Qué es el TSH y cuándo toca revisar el oído.

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Trastorno de los sonidos del habla (antes «dislalia»): qué es y cuándo mirar el oído

Un niño de cuatro años dice «tato» en vez de «gato» y «ten» en vez de «tren». En casa todo el mundo le mira la boca: la lengua, el frenillo, que si habla poco, que si el hermano mayor se lo adivina todo. Casi nadie mira el otro extremo del circuito, que es el oído.

No soy fonoaudiólogo ni logopeda, y de niño no tuve un trastorno de los sonidos del habla. Lo que sí he vivido es la otra mitad de esta historia. Mi pérdida auditiva fue progresiva: seguí hablando durante años sonidos que ya había dejado de oír bien, y el habla se me fue desordenando por detrás sin que yo me diera cuenta. Hoy hablo con acento de sordo. Nadie corrige lo que no oye.

Eso es justo lo que quiero contar aquí: producción y percepción van juntas. Cuando el habla de un niño no cuadra, revisar la audición no es un trámite administrativo. Es parte del diagnóstico.

Qué es el trastorno de los sonidos del habla (y por qué ya no se dice «dislalia»)

El trastorno de los sonidos del habla (TSH) es cualquier dificultad con la percepción, la producción motora o la representación fonológica de los sonidos del habla. Esa definición es de la American Speech-Language-Hearing Association, y conviene leerla despacio, porque la percepción aparece la primera de las tres.

«Dislalia» es el término antiguo. Se sigue usando mucho en España, y en Chile lo verás todavía en los diccionarios médicos de algunas clínicas, pero la fonoaudiología y la logopedia actuales hablan de TSH. No es un cambio de etiqueta por moda: «dislalia» describía el síntoma —el sonido que sale mal— y dejaba fuera la pregunta de por qué sale mal.

La clasificación que se usa hoy separa dos cosas: los TSH orgánicos, que tienen una causa identificable —motora, estructural o sensorial—, y los idiopáticos, en los que no se encuentra ninguna. La pérdida auditiva está, explícitamente, en el primer grupo.

Fonético o fonológico: no es lo mismo

Una dificultad fonética es de producción: el niño no consigue articular ese sonido, ni solo, ni en sílaba, ni en palabra. Una dificultad fonológica es de sistema: sabe hacer el sonido —se lo oyes aislado, perfecto— pero no lo usa donde toca cuando habla de corrido, porque no lo tiene colocado como contraste frente a los demás. La mayoría de los niños que llegan a terapia traen las dos cosas mezcladas.

En español esas simplificaciones tienen nombre y están estudiadas. Un trabajo chileno de la Universidad de Chile las llama procesos de simplificación fonológica, y las agrupa así:

  • De estructura: el niño empuja la palabra hacia la sílaba más fácil, consonante + vocal. «Tren» se queda en «ten» (reducción de grupo consonántico), «helicóptero» en «helicótero» (se cae la consonante trabante), «mariposa» en «posa» (se cae la sílaba átona).
  • De asimilación: un sonido contagia a otro dentro de la misma palabra. «Bufanda» sale «gufanda», «caperucita» sale «caperutita».
  • De sustitución: cambia un sonido por otro de otra familia. Aquí es donde vive el clásico «tato» por «gato».

Ese mismo estudio, hecho con 180 niños chilenos, encontró que los de 3 años hacen bastantes más simplificaciones que los de 4. Es el dato que más tranquiliza y el que mejor orienta: simplificar a los 3 es lo esperable. Lo que importa no es la foto, es si las simplificaciones se están yendo con la edad o siguen ahí.

La pieza que casi nunca aparece: el oído

Busca «dislalia» o «trastorno de los sonidos del habla» en español y lee las primeras diez páginas que te salgan. Vas a encontrar tipos, causas y tratamiento. La audición aparece de refilón o no aparece. Y sin embargo, en el protocolo de evaluación de referencia, el cribado auditivo no es opcional.

La ASHA lo deja escrito: dentro de la evaluación completa de los sonidos del habla se hace un cribado auditivo si no se hizo antes, y ese cribado incluye tres cosas —otoscopia, audiometría tonal e impedanciometría para ver cómo está el oído medio—, con derivación a audiología si se sospecha pérdida. No es un extra. Es un paso del procedimiento.

Dicho de otra manera: antes de asumir que un niño no sabe hacer un sonido, hay que descartar que no lo esté oyendo.

Por qué una pérdida pequeña basta para desordenar el habla

Aquí es donde la intuición engaña. Uno se imagina que una pérdida auditiva o es gorda y evidente, o no pasa nada. Y no funciona así, porque los sonidos del habla no están todos al mismo volumen ni en la misma zona del espectro. Si nunca has visto la banana del habla, es el dibujo que lo explica: las vocales son graves y potentes, y las consonantes que llevan la información —la /s/, la /f/, la /ch/, la /z/— son agudas y flojas.

Una pérdida de 30 dB no apaga el habla: la filtra. El niño oye que le hablas, se gira cuando le llamas, responde. Y aun así le pueden estar llegando las vocales enteras y las consonantes a medias. Si eso pasa en frecuencias agudas, los primeros sonidos en desdibujarse son precisamente los que más tarde se adquieren. Aquí tienes qué significa cada grado de pérdida en un audiograma.

Y ojo con el detalle que despista a las familias: un niño que oye a medias no parece un niño sordo. Parece un niño distraído.

La otitis que va y viene

La causa más común de todo esto no es rara ni exótica: es la otitis media con efusión, ese líquido en el oído medio sin fiebre ni dolor que puede pasar meses sin que nadie lo note. Una revisión chilena publicada en 2022 recoge los números: los umbrales en niños con otitis media con efusión rondan los 30 dB, y la mayoría de los casos cursan con una hipoacusia fluctuante o persistente de entre 15 y 40 dB. Es tan frecuente en preescolares que hay sociedades científicas que la describen como un riesgo «ocupacional» de la primera infancia.

Lo importante de esa pérdida no es cuánta es, es que va y viene. Unas semanas oye bien y otras a través de un filtro, y en medio está intentando averiguar cuántos sonidos distintos tiene el español y en qué se diferencian. Es como aprender a leer con una linterna que parpadea.

Ahora, honestidad: la evidencia sobre las consecuencias a largo plazo no es concluyente. Esa misma revisión analizó ocho estudios y encontró resultados dispares —algunos ven efecto sobre el vocabulario comprensivo y la longitud de las frases, otros no encuentran efecto directo—, y sus autoras lo dicen tal cual. Quien te prometa que una otitis arrastrada te condena el lenguaje te está vendiendo algo. El argumento aquí es más modesto y más útil: si el habla no va bien y hay historial de otitis, esa puerta hay que abrirla antes de dar por hecho nada.

Oír el contraste antes de producirlo

Hay un paso previo a producir un sonido, y es notar que ese sonido es distinto de su vecino. Se llama discriminación auditiva, y es la base sobre la que se apoya todo lo demás. Si «tos» y «dos» te suenan igual, la corrección no tiene dónde agarrarse: te están pidiendo que arregles algo que para ti no está roto.

La herramienta clásica para esto son los pares mínimos: dos palabras que se diferencian en un solo sonido. tos/dos, casa/gasa, lata/rata, mota/nota. Cada uno de esos cuatro pares abre directamente su ejercicio, con el contraste ya elegido. Tengo además una guía con las listas contraste por contraste, y el entrenador completo aquí abajo:

Ejercicio de discriminación fonológica. Suena una palabra y hay que elegir cuál de las dos era. Se puede trabajar un contraste concreto o todos mezclados, no hace falta registrarse y funciona en el móvil. Los grupos son p/b, t/d, k/g, f/v, s/z, l/r, m/n, ch/y y ch/s. Un aviso para quien lea desde América: el grupo s/z solo tiene sentido si distingues «casa» de «caza». Si seseas, sáltatelo: para ti esas dos palabras suenan igual, y así está bien.

Aviso de uso, porque importa: eso no es terapia y no sustituye a nadie. Lo hice pensando en adultos en rehabilitación auditiva, no en niños con TSH, y el diseño del tratamiento le corresponde al profesional. Sirve para dos cosas honestas: para practicar entre sesiones lo que el fonoaudiólogo o la logopeda te haya indicado, y para que te des cuenta tú mismo, en cinco minutos, de si hay contrastes que no distingues.

Cuidado: no todo lo que suena distinto es un error

Este artículo se lee en España, en Chile, en México y en Argentina, y aquí hay una trampa que conviene señalar. Buena parte del material sobre dislalia está escrito desde el español de España, y hay contrastes que en España existen y en casi toda América no.

  • El seseo. «Casa» y «caza» son dos palabras distintas en Madrid y la misma en Santiago. Un niño chileno que las pronuncia igual no tiene un trastorno: habla su lengua.
  • El yeísmo. «Halla» y «haya» suenan igual para la inmensa mayoría de los hispanohablantes, incluidos casi todos los españoles.
  • La /s/ final aspirada. En Chile y en buena parte del Caribe y de Andalucía, «los niños» suena «loh niñoh». Es la variedad de la zona, no una omisión de coda.

La regla es sencilla: el punto de comparación es cómo hablan los adultos de su comunidad, no cómo se escribe. Y hay sonidos que llegan tarde a todo el mundo, en especial la /r/ vibrante y los grupos como «tr», «pl» o «br». Un niño de cuatro años que dice «peo» por «pero» está en camino; no es lo mismo que uno de seis.

Cuándo pedir hora, y a quién

No voy a darte una lista de edades por fonema, porque las tablas que circulan por internet vienen de estudios distintos, con criterios distintos, y muchas están traducidas del inglés. Prefiero señales que cualquiera puede observar:

  1. Le entiende la familia pero no le entiende un desconocido, y ya tiene cuatro años.
  2. Las simplificaciones no se están yendo: dice lo mismo, igual de simplificado, que hace un año.
  3. Se frustra, se calla, deja de intentarlo o los demás niños se lo hacen notar.
  4. Hay historial de otitis de repetición, o pasó algo que puede afectar al oído, o simplemente nunca le han hecho una audiometría.
  5. Pide mucho «¿qué?», sube el volumen, se pierde cuando hay ruido de fondo o en el colegio dicen que está en su mundo.

El profesional del habla es el fonoaudiólogo en Chile, Argentina y Colombia, la logopeda en España, el terapeuta del lenguaje en México. El de la audición es otro, y conviene no confundirlos: aquí explico quién hace qué y a quién acudir primero. Lo ideal es que se hablen entre ellos, porque el informe audiológico cambia el plan de trabajo del habla.

Qué puedes hacer mientras esperas la cita

Comprueba en casa si le llegan los sonidos. El test de Ling son seis sonidos que cubren todo el rango del habla y se hace en un minuto sin ningún aparato. No diagnostica nada y no calibra nada, pero si un sonido no aparece, ya sabes qué contarle al profesional el día de la cita.

Y una cosa que digo por experiencia propia, no por manual: hacer repetir diez veces no enseña a oír. Cuando yo estaba perdiendo audición, lo que menos me ayudaba era que me repitieran la misma palabra más alto y más veces. Lo que ayuda es que la palabra vuelva a aparecer dentro de una frase normal, bien dicha, de frente y con luz en la cara. El papel de la familia no es corregir; es dar buenos modelos y muchas oportunidades.

Si quieres empezar por el oído, empieza aquí: ejercicio de discriminación fonológica. Cinco minutos, gratis y sin cuenta. Es el paso que casi todo el mundo se salta.

Referencias

Pasar a la práctica

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