Entender por teléfono: por qué cuesta mucho más que en persona

Suena el móvil y miras la pantalla esperando que cuelguen. El teléfono no es una versión más difícil de la conversación: es una conversación a la que le han quitado dos cosas a la vez. Y sabiendo cuáles, se puede entrenar.

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Entender por teléfono: por qué cuesta mucho más que en persona

Durante meses fui esa persona que mira sonar el móvil y espera a que salte el buzón. No por antipatía: por cálculo. Sabía cómo iba a acabar la llamada —yo pidiendo que me repitieran cada frase, la otra persona hablando cada vez más alto, y los dos colgando peor de lo que habíamos empezado. Escribía «mejor mándame un mensaje» y me quedaba tranquilo.

Llevo dos implantes cocleares y el teléfono fue de lo último en volver. No es casualidad ni falta de ganas: es que una llamada te quita dos cosas al mismo tiempo, y conviene saber cuáles son antes de echarte la culpa.

Lo primero que te quita: media voz

Una línea telefónica clásica no transmite la voz entera. Transmite una franja: de unos 300 a unos 3.400 Hz. Todo lo que queda por debajo y por encima se tira por el camino, porque así se diseñó la red hace un siglo para que cupieran más conversaciones por el mismo cable.

Por debajo de 300 Hz están los graves que dan cuerpo a la voz. Perderlos es lo que hace que todo el mundo suene un poco a lata y que cueste reconocer quién llama.

Pero lo caro está arriba. Por encima de 3.400 Hz vive buena parte de la energía de la /s/, la /f/, la /z/ y la /ch/. Son sonidos que ya de por sí son flojos y breves, y que en una llamada directamente se quedan fuera. De ahí que por teléfono se confundan los plurales, los números y los nombres propios: no es que los oigas mal, es que no han llegado. Si sueles perderte precisamente esos sonidos, te va a sonar todo esto en pérdida auditiva en frecuencias agudas.

Esto está medido. En un estudio con usuarios de implante coclear, el reconocimiento de frases cayó un 16,8 % al pasar de una grabación de banda ancha a la misma voz filtrada a banda telefónica. Eran siete personas, así que la cifra concreta hay que cogerla con pinzas; la dirección, no: por teléfono entiendes bastante menos con exactamente la misma capacidad auditiva.

Lo segundo que te quita: la cara

Aunque nunca hayas aprendido lectura labial formalmente, la usas. Todo el mundo la usa. Cuando hablas con alguien de frente, tu cerebro está juntando lo que oye con lo que ve, y eso rellena una cantidad de huecos que solo se aprecia el día que desaparece.

El teléfono es justo eso: el día en que desaparece. Sin labios, sin gestos, sin ver si la otra persona ha terminado la frase o está pensando. Lo cuento con más detalle en lectura labial, y es la razón de que mucha gente entienda bien cara a cara y se derrumbe al teléfono. No has empeorado: te han retirado una muleta que ni sabías que llevabas.

Súmalo: menos señal y menos contexto visual, a la vez. Por eso la llamada cansa tanto. Diez minutos de teléfono me dejan como media hora de conversación normal, y eso tiene nombre —fatiga auditiva—, no es debilidad.

No todas las llamadas suenan igual

Este es el consejo con mejor relación esfuerzo-resultado de todo el artículo, y casi nadie lo sabe.

La franja de 300 a 3.400 Hz es la de la telefonía de toda la vida. Las llamadas entre móviles modernos compatibles con VoLTE —lo que los operadores anuncian como «voz HD»— y las llamadas por aplicaciones como WhatsApp, Telegram o FaceTime transmiten bastante más: llegan hasta unos 7.000 Hz. Es decir, te devuelven justamente la parte de arriba, la de las consonantes que más te falta.

Así que si tienes elección, pide que te llamen por la aplicación en vez de por la línea normal. Y si la conversación es importante, pide videollamada: recuperas de golpe las dos cosas, la banda y la cara. No es rendirse, es jugar con las cartas a tu favor.

Lo que hago yo antes de descolgar

Nada de esto es un truco milagroso. Son costumbres pequeñas que juntas cambian bastante:

Streaming directo. Si tu procesador o tus audífonos admiten Bluetooth, la voz entra directamente al equipo en lugar de salir por un altavoz y volver a entrar por el micrófono. Es la mejora más grande y la más barata. Los cacharros que hacen falta, en accesorios esenciales.

El manos libres, casi nunca. Parece que ayuda porque suena más alto, pero en una habitación con eco añade reverberación a una señal que ya venía recortada. Peor, no mejor.

Que me digan el tema antes. Con la gente de confianza pedí una cosa: que la primera frase sea de qué va la llamada. «Te llamo por lo del coche.» Con eso el cerebro ya tiene por dónde tirar y el resto encaja mucho mejor.

«Dímelo con otras palabras», no «repite». Repetir la misma frase suele producir la misma frase, un poco más alta y peor articulada. Pedir otra formulación te da una segunda oportunidad de verdad. Este cambio, que parece de nada, es de lo que más me ha servido y lo desarrollo en «oigo pero no entiendo».

Los datos, siempre por escrito. Horas, direcciones, números de cita: que me los manden por mensaje. No por no entenderlos, sino porque retenerlos mientras descifras el resto de la frase es otro problema distinto, y lo cuento en entiendo lo que me dicen pero se me olvida al momento.

Y sí, se entrena

Lo anterior es compensar. Entrenar es otra cosa: es acostumbrar al cerebro a esa señal recortada hasta que deje de ser un idioma extranjero.

Angel Sound, la herramienta de referencia del sector, le dedica un módulo entero a esto por una razón: es la queja número uno de quien lleva implante. El método no tiene misterio —se coge material que ya reconoces bien y se le aplica el filtro de la banda telefónica, para que lo difícil sea el canal y no el vocabulario.

Eso es exactamente lo que acabo de montar en el curso de hablar por teléfono de entrena: las mismas frases cotidianas que ya hay en la aplicación, recortadas a 300-3.200 Hz, y una segunda lección con lo que más se pregunta dos veces —horas, precios y direcciones—. Son lecciones cortas, sin registro y gratis.

Si prefieres practicar con personas en vez de con la aplicación, el ejercicio 10 de la guía de ejercicios en casa explica cómo montar llamadas de práctica con alguien de confianza: cortas, con tema avisado, alargándolas poco a poco.

Cuándo dejar de pelearte con el teléfono

Merece la pena decirlo, porque nadie lo dice: hay gente que entrena, mejora en todo lo demás y con el teléfono se queda a medias. Si es tu caso, no es un fracaso personal, es un canal muy pobre y una audición que necesita más señal de la que ese canal da.

Hoy hay alternativas que hace diez años no existían: subtítulos automáticos de llamada en los móviles, videollamada, mensajería de voz que puedes volver a escuchar las veces que quieras. Usarlas no es rendirse. Rendirse sería dejar de contestar.

Yo hoy contesto. No todas, y algunas las paso a videollamada a los diez segundos. Pero ya no miro la pantalla esperando que cuelguen, y ese cambio empezó el día que entendí que el problema no era mío: era del cable.

Referencias

Liu C., Fu Q.-J., Narayanan S. S., Effect of bandwidth extension to telephone speech recognition in cochlear implant users, The Journal of the Acoustical Society of America, 2009; 125(2). Caída del 16,8 % en reconocimiento de frases con banda telefónica (300-3.400 Hz) frente a banda ancha, en siete usuarios de implante coclear.

Pasar a la práctica

Si este artículo te ha servido, el siguiente paso es entrenar con algo concreto.

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